Lo que el Espectáculo se Llevó
Hace poco les explicaba a mis alumnos del curso de Narrativa en Estudios Generales Letras de la PUCP, que una de las razones por las que leeríamos “La muerte en Venecia” (1912), de Thomas Mann (1875 – 1955), es porque, lamentablemente, ya no existen autores de la talla de este autor. Entonces, era importante que leyéramos una de las últimas joyas de la literatura universal. Y es que, en efecto, ya no hay más un Thomas Mann, ni un Faulkner, ni un Joyce, ni un Camus, ni un Malraux… y así podríamos seguir con la lista de mentes geniales que parecen haberse extinguido quizás para siempre.
La pregunta, entonces, es inevitable: ¿por qué esta desaparición masiva e intempestiva? ¿Acaso después de la segunda mitad del S.XX algún tipo de virus invadió el mundo impidiendo el nacimiento de nuevas mentes lúcidas y sensibles? La respuesta es que un virus propiamente dicho no, pero una enfermedad terminal sí: la civilización del espectáculo, como, parafraseando a Octavio Paz, califica Mario Vargas Llosa la decadencia cultural en la que vivimos en estos tiempos. Hoy ya las grandes preguntas que la cultura trataba de responder a través de sus manifestaciones artísticas más excelsas –no solo en la literatura, por supuesto, sino en el arte en general– no tienen la menor importancia por la sencilla razón que la vida misma se ha vuelto un gran absurdo.
En consecuencia, si el ser humano ha dejado de lado la ontología lo único que queda es la epidermis. En ese nivel superficial lo que reina es la risa; pero no la risa irónica o corrosiva, que es la creativa y hasta revolucionaria, sino la risa vulgar, hueca, fácil. ¿Y de dónde sale esta triste nueva risa? Pues evidentemente del espectáculo, de la farándula que, hoy por hoy, es sinónimo de cloaca. En este nuevo reino lo que realmente importa es encender el televisor o navegar en la web y ver qué novedades ofrece el mundo del espectáculo. Ya pasaron los tiempos en que la novedad –entendiendo novedad no como algo nuevo necesariamente, sino aquello que, aun con siglos de existencia, resultaba ser un descubrimiento para una mente en busca de alimento sano– se buscaba en alguna novela o en una obra de arte. Esas épocas son prehistoria.
En “Donde van a morir los elefantes” (1995), la última novela que publicó antes de morir el genial escritor chileno José Donoso (1924 – 1996), el ficticio escritor ecuatoriano Marcelo Chiriboga hace una reflexión muy ilustrativa de nuestros tiempos: “Porque, desgraciadamente, ya nadie lee a Julio Cortázar. Y muy pocos a Marcelo Chiriboga, al que dentro de cinco años absolutamente nadie leerá.” En efecto, ya nadie –o casi nadie, para no ser tan fatalistas– lee a mentes geniales como Cortázar o Borges. No los leen, evidentemente, porque no son parte de la civilización del espectáculo. Pero lo más triste es que no los leen también porque ya han dejado de surgir esas luminarias en el mundo y porque, claro, simplemente ya nadie lee.

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